© Agosto - noviembre 2019

FUIMOS PECES | REVISTA DIGITAL, Año 2, No. 11, Agosto-noviembre 2019, es una publicación trimestral editada por Fuimos Peces, calle Melitón Guzmán 103, Col. Virginia Cordero, Xalapa, Veracruz, México. Tel. (228) 8136604, www.fuimospeces.mx, revista@fuimospeces.mx Editor responsable: Virginia Arieta Baizabal. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2017-060214264100-203, otorgada por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este Número: J. Enrique Sevilla Macip, fecha de última modificación 9 de agosto de de 2019.

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El sueño y la organización social

 

Es bien sabido que la interpretación de los sueños de Sigmund Freud desde el año de 1900 ha sentado las bases para los psicoanalistas coetáneos al análisis del sueño. Si bien ha tenido reformulaciones psicológicas, la base fundamental de Freud constituye hoy todavía un marco analítico para la comprensión de los sueños. El problema radica cuando se hace un acercamiento a los sueños desde la sociología, proponiendo una mirada distinta al psicoanálisis por los marcos de la experiencia. Por lo tanto, propongo un acercamiento sociológico al sueño como fenómeno social organizado y configurado socio-históricamente. Freud pensaba que el sueño era una totalidad susceptible de análisis por sí misma como autónoma a lo social, mientras en este estudio se argumenta que el sueño es una construcción social organizada.

 

La teoría onírica  

 

El análisis de los sueños tiene en su exponente moderno a Sigmund Freud, aunque antes se aludía ya a los sueños tanto en oriente como en occidente. A los sueños se les miraba de una manera que Freud (2011: 391) designa como pre-científica, se les interpretaba como manifestaciones demoniacas, profecías venideras, catastróficas o inclusive mitológicas. Esto conllevaba que en los siglos XVIII y XIX las ciencias naturales denegaran el carácter científico a los sueños, así como las sociales los veían como hechos internos – por ejemplo Durkheim en sus Reglas. Aunque eso no era todo, la interpretación de los sueños parecía estar relegada a aquellos magos o hechiceros que estafaban a la gente para su supuesta interpretación. Por lo que Freud se confrontaba, por un lado, con la mirada científica que denegaba susceptibilidad de análisis a los sueños, y por otro la mala fama que tenía la interpretación.  

 

La medicina entrada en el siglo XX dio sus acercamientos neurológicos al sueño, concediendo el lugar de éste en la visión orgánica, es decir, en la actividad cerebral. Freud (2011) trataba ahora con la suspicacia científica de la medicina, por lo que sus análisis fueron acercándose a descubrimientos del inconsciente, es decir, tratar el sueño como un fenómeno psíquico. Abordaremos estos principios básicos del fenómeno para el acercamiento a la interpretación de los sueños.

 

Freud (2011: 111-141) argumentaba una hipótesis central: el sueño es interpretable y es el camino para entender el inconsciente, aunque no el único, sino que se apoyaba también de sus estudios de la histeria y de la neurosis. Freud da paso a una discusión sobre la teoría onírica para proponer su análisis, el sueño es siempre una realización de deseos, su método es el psicoanálisis. Nuestro autor descubre dos métodos que han intentado interpretar los sueños: el primero es el simbólico y el segundo es el de descifración. Mientras que el primero busca ver y extraer la totalidad del sueño para posteriormente sustituirla por contenido comprensible, el segundo vería fragmentos con una clave para de-codificarlos.

 

En el simbólico, Freud argumenta que existe una aplicación limitada y carece de explicación general, mientras que el segundo es más acertado pero la forma de aplicarlo es torpe, es decir, tiene que ver particularidades pero no con una clave per se sino por el método de la asociación libre donde no se ocupa una clave fija ya que los sueños presentan diferentes sentidos. Haciendo esto observaríamos que el sueño analizado sería una realización de deseos que fueron reprimidos en la vida diurna, aunque en los sueños la mayoría de las veces se deforman o esconden el deseo reprimido. Freud argumentó que existen sueños que demuestran francamente la realización del deseo, por lo tanto no sería necesario un análisis, mientras que existen sueños cuyo contenido es obscuro o velado. De esta manera, lo que el soñador recuerda es el contenido manifiesto del sueño, pero ese contenido es engañoso, por lo que el analista tendría que buscar lo que se esconde detrás, a decir el contenido latente (Freud, 2011: 242-266). 

 

Freud argumentó que el contenido de los sueños proviene de la vida diurna, y fundamentalmente se provocan los deseos por insatisfacción y represión. Las fuentes de los sueños se presentan de días pasados al sueño, aunque Freud también encontró que es desde la infancia. 

 

 

El durmiente y su organización social

 

 

Bastará con resumir los principios básicos de Freud para la interpretación de los sueños. Los sueños son susceptibles de interpretación científica, principalmente del psicoanálisis, sus fuentes son días anteriores al sueño en la vida diurna, se realiza asociación libre de la persona sometida a análisis, se busca contenido manifiesto para darle peso al contenido latente, lo sexual y la fuente infantil se acercan más a la interpretación de los sueños. En este sentido el sueño sería el encargado de reproducir los deseos reprimidos de la vida diurna. Ante estas hipótesis freudianas del sueño como realización de deseos hubo varias críticas, entre las que deben destacarse dos: la de Adler y la de Jung.

 

Adler argumenta en contra de Freud algunos principios básicos, entre ellos el problema del pasado, es decir, Adler piensa que los sueños realizan deseos no de insatisfacciones o represiones sino de las metas que los individuos se proponen en la vigilia, por lo que la realización de deseos se orientaría hacia el futuro (Louis, 1979: 27-53). Otra diferencia es que Freud propone la no voluntad para satisfacer el deseo, mientras que Adler propone que el individuo elige los recuerdos de la historia de su vida para prepararse hacia el enfrentamiento con el futuro. Finalmente, Adler busca darle peso al contenido manifiesto del sueño. Por su parte, Jung comenta a Freud que el contenido de la vida de vigilia a veces no es suficiente para la asociación libre y propone el uso de la mitología (Henrich, 1979: 53-71), siendo su ejemplo más famoso el de Horoborus (Boss, 1979: 111-143).  

 

En este estudio sólo estamos de retomamos dos elementos de Freud: a) que los sueños son susceptibles de análisis y b) que su contenido responde a la vida diurna, no más. Pero para llegar a ese punto nodal partimos de dos premisas básicas. Una de ellas argumenta que los sueños no son entes autónomos de lo social – así si soñamos cualquier cosa no escapa de las figuras sociales a las cuales hemos experimentado previamente. En segunda instancia, el sueño no es un fenómeno en sí mismo, es decir, no existen sueños como si fuesen objetos per se sino personas que sueñan (Boss, 1979).

 

Lo anterior es una premisa básica de cómo fue que Freud propuso un análisis desde la psicología con los sueños, empero, sus acercamientos fueron limitados al buscar interpretaciones a los contenidos latentes de cada sueño o, en sus palabras, la realización de deseos de cada sueño. En perspectiva sociológica, no puede el soñador soñar nada que no esté ya en él incorporado, ni mucho menos contemplar en los sueños proyecciones futuras. Más aún, el soñador sueña material social y la única manera de tener ese material social es por medio de la socialización y el lenguaje. Por tanto, nuestra perspectiva situacional es un modelo teórico que sólo sirve para figuras sociales (i.e., un bebe o un animal no entrarían bajo este modelo ya que está sustentado en que el soñador sueña con un mundo que ya le es conocido por medio de interacciones sociales).

 

La premisa fundamental no es el hecho de que todos los humanos duermen, sino cómo es la organización social para el durmiente. Este punto de partida fue obviado por Freud, es decir, la organización social del durmiente es condición básica para el soñador, y no éste en condicion de aislamiento.

 

Tanto el durmiente como el soñador han sido analizados por varias disciplinas, entre ellas la medicina, la psicología, la psiquiatría y algunas ciencias sociales, cada una desde epistemologías distintas que anuncian cierto tipo de conocimiento. La medicina relaciona al sueño con la actividad cerebral y su teoría REM, que argumenta que cuando soñamos se puede observar en el movimiento rápido de los globos oculares. En contraste, la psicología y la psiquiatría lo asocian con la estructura de la psique. Pero ninguna se acerca a la organización social. 

 

Podemos decir que el durmiente moderno de nuestra sociedad se caracteriza por interacciones rituales para la preparación del acto de dormir. El cuarto privado es una organización básica para el durmiente ya que consiste en lo privado. Elias (1994) argumenta que esta característica, al menos de esta manera, no se encuentra en la Edad Media ya que se recibían visitas en el cuarto y la cama tenía una función especial para esa figura. Asimismo alude a que en los siglos XVII, XVIII y XIX se fue configurando el cuarto para lo privado.

 

El durmiente se configura desde el siglo XV (Gaer y Segal, 1970: 13-33). Observemos que la privacidad del durmiente en las sociedades occidentales se caracteriza por el descanso de la atención al rol. La habitación privada es donde la persona puede realizar actos que no son visibles para el desempeño del rol, como untarse la cara con mascarillas que pueden causar alguna expresión de desagrado si se encontrara en la región anterior. Asimismo la habitación no sólo se construyó para el durmiente, sino que en ella se llevan a cabo otras actividades de naturaleza privada (discusiones, actividad sexual, etc.).

 

Con todo, el durmiente es la figura por excelencia dentro de la habitación. La organización social del durmiente nos lleva a su escenario primario, la habitación y su característica la privacidad. La privacidad se presenta porque la persona desatiende su rol, pierde su rostro. Así pude roncar, soltar flatulencias, babear sin una reacción de los otros (la organización cambia en la situación de pareja). Esto da el papel activo al durmiente. Ahora bien, la organización social en torno al acto de dormir no se da por acuerdos reflexivos que las personas construyeron calculando las consecuencias de su reflexión, sino más bien por contingencia. La más conocida es el horario del durmiente de 8 horas corridas. En este sentido, no podemos hablar de un absoluto, es decir, que todas las personas en sociedades distintas tengan que cumplir esa regla, sino más bien es una característica occidental basada en una conjetura medica, aunque vale la pena recordar que desde hace siglos, Maimonides (Gaer y Segal, 1970: 27) decretó que si un día tiene 24 horas sólo bastará dormir una tercera parte del mismo.

 

Por ejemplo, en su obra At Day's Close: Night in Times Past, Roger Ekirch  muestra que la historia de la noche del durmiente de 1800 consistía en dormir cuatro horas, despertar, tener un descanso y volver a dormir otras cuatro horas. Sea como fuere, el durmiente en la sociedad moderna se ha organizado para seguir un discurso médico de 8 horas seguidas. La cama es bien conocida desde la época clásica, originalmente a partir de paja, tierra o pieles. Su carácter general se mantiene público hasta la Francia del siglo XVII. Entonces, la cama se convierte en un objeto ceremonial para el ritual del durmiente, lo mismo sucede con la ropa de dormir (Elias (1994) recuerda que en la Edad Media la desnudez era regla general). Por el momento, estos datos serán suficientes para argumentar que la organización del durmiente moderno tiene su figuración desde hace ya algunos siglos.

 

Los emblemas del durmiente en nuestra sociedad han sido una cama, ropa de dormir, alimentos. A la vez, cepillarse los dientes se ha convertido en un hacer ritual cotidiano y trivial, que prepara al individuo para el acto del durmiente. Aunque existen haceres rituales más elaborados, como dormir un tiempo durante el día para poder descansar bien durante la noche, hay tambien otros haceres preparativos (Luce y Segal, 1970). Por lo tanto, partimos de la idea de que el durmiente no duerme por genética o instinto sino por aprendizaje, experiencia y voluntad, en otras palabras, el acto de dormir responde a prácticas de socialización.

 

 

 

 

 

La interpretación de los sueños

 

 

Para los fines de este ensayo, sólo podemos dar reflexiones puntuales, más no trabajos empíricos, por lo que recomendamos, para llegar a analizar al soñante, comenzar por el durmiente, ya que en esa figura se encuentran las condiciones del soñante. Freud tenía una hipótesis fundamental acerca de los sueños: son todas realizaciones de deseos. Dando un papel pasivo a sus objetos de estudio, más aún, tomándolos como cultural dopes.[1] Quiero decir que aunque Freud dejara a sus pacientes formar asociaciones libres y dar el simbolismo a sus propios sueños, ellos no podían jamás encontrar el contenido latente de sus sueños más que el propio analista. En apariencia parece ser que Freud da papel activo a los individuos pero no es así, ya que ellos sólo servían como narradores de su propio sueño y las asociaciones libres no eran más que el requisito de la propia metodología, puesto que el investigador no sabe la vida de cada uno de sus pacientes.

 

Además, Freud hace del sueño una totalidad independiente del que sueña. Adler, Jung y Freud interpretaban y traducían los sueños en algo que les era extraño; aquí el mayor “paso en falso” lo dió Jung, al llevar la interpretación a la mitología y lo sobrenatural. Los tres autores imponen ideologías e interpretaciones que no son parte del sueño mismo, aunque de los tres Freud es el más cauteloso. Todo lo que se sueña es corporalmente experiencial y existente, pero a diferencia de los autores, para nosotros el sueño no tiene proyecto propio, no hay voluntad, no hay ejecución, no hay actuación: el sueño no cumple por tanto un propósito de realizaciones de deseo (Schutz, 2008).

 

El durmiente tiene baja atención al mundo existente que le rodea, pero sabe que está durmiendo en el recinto donde coloca su pérdida de cara y pone atención el soñante en su pasado (Schutz, 2008). La estructura temporal del soñante mezcla presente y pasado, re-encuadrando todas sus experiencias pasadas transformando de otra manera lo que ya ha pasado. La interpretación de los sueños de un paciente por parte de Freud no significa que haya descubierto el deseo realizado en el contenido latente, sino simplemente lo que Freud quiso interpretar para imputar sentido a la supuesta realización de deseos; de hecho la interpretación de los sueños, como el mismo autor menciona, es indicar sentido más no comprender sentido.

Para la sociología interaccional, el sueño no es una realización de deseos sino un tipo particular de autoengaños donde el soñador incorpora un reparto de papeles, parte de modelos ya pre-establecidos pero al mismo tiempo se libera de ellos, es decir, puede convertirse en otro cualquiera sin infracciones (Goffman, 2006: 120-122). El mundo soñado es, pues, un autoengaño de lo ya fabricado, una especie de drama profundo. El sueño es un re-encuadre de acontecimientos, pero como es una actividad solitaria no es posible percibir lo que está pasando ahí. La transformación de este re-encuadre no se da porque exista una censura, como diría Freud, sino porque es una falsedad producida.

 

El contenido del sueño no lo interpretamos como manifiesto o latente, sino más bien es un re-encuadre de acontecimientos pasados o que se están dando, es decir, el individuo sólo puede soñar con una vida en pasado-presente de cualquier acontecimiento. Por ejemplo, si la persona durmió sin beber suficiente agua en el día, puede ser que el soñante re-enmarque la actividad soñando con agua bebiéndola; de igual modo, si el brazo del durmiente se encuentra en posición donde le sea incomoda podrá soñar o no con algo que aluda al brazo. Esto demuestra el papel activo del durmiente sobre el soñante.

 

El soñante sabe de antemano que es durmiente, por lo que al despertar el autoengaño termina. Por lo tanto a la premisa de Freud del sueño como realización de deseos, anteponemos la conjetura de que el sueño es una fabricación re-enmarcada de autoengaños, y al despertarse se puede clarificar el marco para saber que sólo fue un sueño. Más aún, a la visión freudiana de que el sueño es una totalidad que puede saciar ciertos deseos, contestamos que el sueño es parte residual de la organización social interaccional, no tiene proyecto pragmático, ni ejecución, ni actuación. Desde esta perspectiva, la interpretación de los sueños que les concede significados sobrenaturales es totalmente distante de lo que implica la idea de sueño.

 

 

 

Los sueños como forma de autoengaño

 

 

Hasta ahora solo he esbozado muy escuetamente que el postulado de la interpretación de los sueños sólo es imponer un significado o imputar sentido a los sueños, es decir, el investigador psicoanalítico se construye como juez de los sueños, capaz de indicar un sentido a los mismos. Podríamos decir, por ejemplo, que los sueños de Freud sobre Irma o sobre su hijo no son un tipo de realización de deseo que mitiga el deseo real, sino son re-enmarcaciones de acontecimientos. En este sentido, nos alejamos totalmente de la premisa de que se debe analizar cualquier contenido de cada sueño.

 

La dirección que tomamos no es de descifrar sueños a partir de mitos, deseos reprimidos, regresiones a represiones sexuales infantiles, sino de ver al sueño de manera corporeizada como un soñante, y su condición básica es la organización social del durmiente.[2] Es decir, sólo puede haber un soñante si existe una organización social del durmiente.[3]

 

El sueño se caracteriza por ser una forma específica de autoengaño. Ahora, antes de ahondar en ello, primero quiero hacer alusión a algunos puntos: a) cuando no existe la condición básica de estar dormido no se puede soñar, si no se hablará de fantasías, b) un engaño es una falsedad producida intencionalmente por personas no engañadas y c) una ilusión es un error resultante de una construcción errónea que nadie ha inducido a propósito (Goffman, 2006: 119). A partir de esto, un autoengaño, mejor conocido como delirio, es una obstinación apoyada activamente y no producida por un desatino. Goffman (2006: 119) identifica cinco tipos básicos de autoengaños: el sueño, estados disociados del sueño, fabricación psicótica, síntomas histéricos y finalmente el hipnotismo.

 

En este caso sólo los sueños son un tipo de delirio que se clarifica al despertar. Un autoengaño que sólo afecta al soñante, es decir, al re-enmarcar la actividad pasada del rol del sí mismo el soñante se engaña. No quiero argumentar que el autoengaño es fingido, sino que es una auto-fabricación entendida como un esfuerzo deliberado para que se realice un hacer guiado de lo que los demás hacen. Por lo tanto la organización social del durmiente es un hacer guiado; así, sucederá lo mismo para el soñante: sólo cuando ya interactuó con otros, en consecuencia podrá soñar.

 

El autoengaño es benévolo porque no afecta la integridad del individuo. Decimos que el sueño es una forma de autoengaño mientras se esta soñando, el individuo crea y cree en una trama que él mismo se ha impuesto y que gracias a los principios de organización de los marcos se incorporan elementos reflexivos al despertar para clarificar el delirio. Se trata, por lo tanto, de un autoengaño limitado.

 

 

 

¿Por qué olvidamos los sueños? 

 

 

Este fue un tema trabajado por Freud y al cual dio la siguiente respuesta. Cuando el sueño es olvidado ha cumplido su función, es su naturaleza tendenciosa, el olvido depende más de la resistencia en el sueño que de la diferencia entre el estado de vigilia y de reposo. La represión es la causa del olvido, ya que en la vida diurna ejercemos una censura endopsíquica que permite que no digamos todo en cualquier lugar. En el sueño esta censura baja su intensidad, permitiendo que se manifieste de manera deformada, si y sólo si el contenido del sueño se resiste a esta censura cuando al despertar va cobrando actividad e intensidad, se reprime su contenido y no es olvidado. Al contrario, si la resistencia del contenido ante la censura pierde poder olvidamos por completo el sueño.

 

Cuando el sueño se resistió a la censura y lo recordamos, es ahí donde entraría el psicoanalista para interpretar el contenido latente del sueño. En otras palabras, cuando dormimos la censura endopsíquica baja y permite que se realicen deseos reprimidos, al despertar la censura aumenta y si esos deseos se resisten a censurarse se reprimen y los recordamos; si ceden ante la censura los olvidamos. Esta resistencia a la censura indicaría que existe un deseo profundo que a la conciencia le daría pena mostrar y que sólo lo hace en el inconsciente, he ahí el trabajo de la interpretación de los sueños. Con esto bastará en tanto a la premisa básica del olvido.

 

Freud muestra una visión del olvido del sueño autónoma al individuo, con un juez endopsíquico que está teniendo todo el protagonismo, otra vez, el sueño es des-corporeizado. Igualmente parte de una pregunta que le limita el acercamiento al olvido; no es preguntarse ¿por qué olvidamos los sueños? Sino ¿cómo es posible que olvidemos los sueños? La postura monádica de Freud limita sus interpretaciones, el cómo nos lleva a la postura pragmática ya que se olvidaría el sueño por la situación, es decir, la clarificación reflexiva del marco al despertar sitúa al individuo en la realidad literal percibiendo el sueño sólo como eso. Por lo tanto, ante la conjetura de Freud de que la resistencia y la censura llevan al olvido de los sueños, planteamos el papel activo de la situación social, ya que nos permite poner énfasis en qué es lo que está pasando aquí y ahora al despertar, clarificando lo corpóreo.

 

Si no olvidamos los sueños es debido a la perturbación en el actor. Por ejemplo, cuando un padre o una madre sueña con su hijo en una situación peligrosa o de muerte, esto podría despertar al durmiente y clarificar que efectivamente sólo estaba soñando. Podría volver a conciliar el sueño y despertar sin otro recuerdo más que ese. Aunque haya clarificado que sólo estaba soñando, sigue creyendo en el autoengaño del papel del soñante. He ahí la clave para el recuerdo del sueño, podrá aclarar el autoengaño manteniendo contacto con su hijo para saber que todo está bien.

 

Freud deja el olvido a una visión limitada del individuo mismo mientras nosotros lo proponemos en perspectiva relacional. Olvidamos o recordamos los sueños porque no hay una clarificación del marco y para poderlo clarificar se necesitan mecanismos de interacción que derrumben el autoengaño. En este punto surgen dos cuestiones: a) la estructura del soñante y su organización social y b) la memoria. A continuación se abordan de manera breve.

 

La estructura del soñante es residual, es decir, no puede superar lo establecido. Sueña lo que ya está, su temporalidad es mezclada, puede incrustar actividades de un pasado lejano con un pasado-presente sin infracciones, maneja un reparto de papeles tolerante, puede saber el soñante lo que está sucediendo mientras está sucediendo, los marcos establecidos puede desbordarlos sin irrumpir en su originalidad e inclusive a partir de ahí puede emprender interacción estratégica. Pero una de las características básicas es la naturaleza del autoengaño. En este sentido hablamos del primer enredo en el que el soñante despierta y sabe que era sólo un sueño; pero existe un doble enredo en donde el soñante, ante una pesadilla por ejemplo, se despierta pensando que sólo era un sueño y está acostado en su cama, sólo para volver a experimentar una pesadilla y volver a despertar. 

 

En este caso el soñante se enreda dos veces, al creer que está despierto pero sólo soñó estar despierto. Esto puede perturbar al actor, pero bastará la actividad relacional clarificativa para derrumbar el doble autoengaño. Más aún, esto puede generar un triple delirio, es decir, a) el primero es soñar, despertar y saber que sólo era un sueño; b) doble enredo, soñar, soñar despertar y despertar, quedando perturbado hasta clarificar el marco y por último c) fabricar un cuadro psicótico de corte esquizofrénico de no saber qué es real. En esta serie de autoengaños lo más probable es que se crea el mito de las enfermedades mentales (Szasz, 2000a, 2000b y 2002). 

 

La segunda cuestión atañe a la memoria, considerada muchas veces como una caja negra sellada ante la voluntad del individuo. Pero la memoria es más bien un constructo social penetrable por los otros, para recordar algo no hace falta una explicación sobrenatural del aparato psíquico autónomo a los individuos, sino que se recuerdan las cosas gracias a la interacción situada, es decir, tanto olvidar o recordar ocurre por encuentros situados.

 

 

 

Consideraciones finales

 

 

El objetivo de este ensayo fue de carácter exploratorio ante el fenómeno social del sueño. Se anunciaron algunos acercamientos desde la sociología y fundamentalmente desde la perspectiva situacional pragmática, en contraposición con la visión monádica de Freud. De antemano no se pretende prejuzgar otras teorías sino simplemente se aludió a la falta epistemológica de acercarse al fenómeno. En este punto se podrá decir que Freud trabajó con un acercamiento al fenómeno en sus pacientes y que tuvo demasiada experiencia empírica, pero lo hizo de manera limitada y sin postulados teóricos sino sólo mediante observaciones a sus pacientes. En este ensayo abogamos por un modelo teórico interaccional para abordar los sueños.

 

Los sueños no son entes aislados de lo social, y a partir de la interacción comunicativa y la interacción ritual situadas como características básicas se comienza la socialización del durmiente, ergo, a partir de las interacciones sociales podrá re-enmarcar acontecimientos pasados en los que podrá soñar. 

 

 

 

[1] N. del E.: 

 

[2] Por lo tanto si no hay durmiente no hay soñante, así la frase está soñando despierto es una falacia para este enfoque, ya que no puede soñar sino es por el acto de dormir. Schutz aclara de manera puntual esto, hay diferencia entre el sueño y la fantasía, ésta no necesita del durmiente.

 

[3] Organización social del durmiente nos aleja de la premisa de que todos los humanos duermen, así cuando se socializa al infante y en consecuencia de la interacción surge el yo existirá una socialización para el acto de dormir que será condición básica para el acto de soñar. 

 

 

 

Boss, Medard (1979). El sueño y los sueños. Análisis existencial. En Battegay, Raymond y Arthur Trenkel. Los sueños. Barcelona: Herder.

 

Elias, Norbert (1994). El proceso de civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas. México: Fondo de Cultura Económica.

 

Elias, Norbert (1996). La sociedad cortesana. México Fondo de Cultura Económica.

 

Freud, Sigmund (2011). La interpretación de los sueños 2. Madrid: Alianza.

 

Freud, Sigmund (2014). La interpretación de los sueños I. México: Edit. Lectorum.

 

Gaer, Luce y Julius Segal (1970). El sueño. México: Siglo XXI.

 

Goffman, Erving (2006). Frame Analysis: Los marcos de la experiencia. Madrid: Siglo XXI.

 

Goffman, Erving (2006). La presentación de la persona en la vida cotidiana. Buenos Aires: Editorial Amorrortu.

 

Henrich, Karl (1979). Los sueños en la psicología analítica de Jung. En Battegay, R. y A. Trenkel. Los sueños. Barcelona: Herder.

 

Louis, Víctor (1979). La interpretación de los sueños y primeros recuerdos de la infancia en la psicología de Adler. En Battegay, R. y A. Trenkel. Los sueños. Barcelona: Herder.

 

Schutz, Alfred (2008). El problema de la realidad social Escritos I. Buenos Aires: Amorrortu.

 

Szasz, Thomas (2000). El mito de la psicoterapia. México: Editorial Coyoacán.

 

Szasz, Thomas (2000). Ideología y enfermedad mental. Buenos Aires: Amorrortu.

 

Szasz, Thomas (2002). Esquizofrenia. El símbolo sagrado de la psiquiatría. México: Editorial Coyoacán. 

 

 

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