• Virginia Arieta Baizabal

La poderosa intradisciplinariedad: reflexiones desde la etnoarqueología*



Hoy en día no se puede imaginar el desarrollo de una investigación sin la implementación coherente de diversos enfoques teóricos, métodos y técnicas provenientes de dos o más disciplinas, sobre todo en el marco de las ciencias sociales. Ya de por sí es complejo el estudio del ser humano –como lo trata la psicología, biología o medicina-, cuando el reto se vuelve mayor y se pretende analizar su sociedad –tal es el caso de la sociología, ciencia política o demografía-; ni se diga de aquellos que incrementan el desafío ambicionando explicar dinámicas de sociedades que ya no existen, como los historiadores y arqueólogos. Para todos estos casos, la interdisciplinariedad y transdisciplinariedad se tornan sumamente necesarias y su uso se vuelve poderoso.

En el caso particular de la arqueología, el uso de diversos métodos de investigación procedentes de otras ciencias no es nada nuevo. De hecho, esta disciplina se ha caracterizado desde el origen por la adopción de su principal técnica de investigación: la excavación estratigráfica –que proviene de la geología y que comparte con la paleontología-. Haciendo un pequeño paréntesis con relación a lo anterior, algunos dicen que Thomas Jefferson –el tercer presidente de Estados Unidos -, en 1790, fue el primero en llevar a cabo una excavación arqueológica “científica” por no buscar oro, ni joyas, sino intentar ir más allá de la remoción de tierra e implementar la estrategia de unidades de excavación con medidas específicas en un montículo amerindio en el estado de Virginia. Otros, como Ignacio Bernal en su publicación de 1979, apunta que fue Carlos de Sigüenza y Góngora en 1645 quien llevó a cabo la primera exploración arqueológica, realizando un túnel en la Pirámide del Sol en Teotihuacán “en busca de esclarecer algún problema histórico”.[i] Sea como haya sido, lo que es bien sabido es que fue hasta principios del siglo XIX que la geología advirtió por primera vez la importancia de la identificación estratigráfica. Charles Lyell en su magnum opus (literal, ya que la conforman varios volúmenes), Principles of Geology de 1833, señala que el estudio de la superposición de capas de la tierra en el terreno posibilita la datación de estratos de diferentes épocas de acuerdo a la presencia de fósiles característicos.[ii] Es decir, la distinción de niveles ordenados en secuencia proporciona una cronología donde los estratos más profundos tienen mayor antigüedad. Aunque este último principio no sucede en todos los casos debido a una probable alteración humana o medio ambiental, actualmente una excavación estratigráfica con metodología sistemática en la arqueología es necesaria no sólo para la obtención de una mayor información sobre el contexto cultural sino para la elaboración de cronologías relativas, mientras conseguimos el financiamiento necesario (o los contactos) para llevar a cabo dataciones absolutas por medio de carbono-14, que cabe destacar para los objetivos de este artículo, es un método perteneciente a la química.


A pesar de lo antes mencionado, y de que la antropología que suele enseñarse y practicarse actualmente sea de tipo holístico, en donde la arqueología es tan sólo una de sus ramas, pareciera increíble que prevalezca en muchos antropólogos (sobre todo en los que actualmente están en formación y otros ya formados) la idea latente de una convención determinista que se establece de forma mecánica y que consiste en suponer que el campo de la arqueología nada tiene que ver con el de cualquier otra rama de la antropología: antropología social, antropología lingüística o antropología física, por mencionar algunas; y viceversa.

El objetivo central de este artículo es advertir y destacar que si desde el inicio de su historia, la arqueología ha tenido la necesidad de aprovechar todas las herramientas posibles de diversas disciplinas científicas para no sólo ordenar materiales, sino interpretarlos de forma coherente y válida, con más razón debe vincularse fuertemente con enfoques, métodos y técnicas de otras ramas antropológicas. De la misma forma en que los antropólogos sociales deben de tomar en cuenta los estudios históricos de una comunidad o los lingüistas requieren conocer prácticas culturales, formas de parentesco u organización política para lograr una interpretación profunda de la estructura del lenguaje. Juntas se complementan y conformuna investigación integralmente antropológica que tiene como objetivo explicar las relaciones de los diversos factores con el cultural en el tiempo y en el espacio (sean cuales estos sean). Se trata, sin duda, de una tarea complicada para intentar efectuarla de forma independiente.

Aunado a lo anterior, desde mediados de siglo XX y de manera más enfática en la actualidad, los avances científicos, tecnológicos y el cúmulo de información que de ellos resulta, hicieron que la especialización llegara a su máximo nivel, al grado de que se habla de los súper-especialistas o híper-especializados; y no precisamente por ser poderosos, sino por el hecho de saber casi todo de casi nada. Lejos y en contraparte de lo anterior, se encuentra la interdisciplina, que considera las relaciones y acciones recíprocas de diversas disciplinas científicas en torno a un problema particular. Más recientemente, la propia complejidad en las dinámicas humanas exige valorar los fenómenos completos e interconectados a través de la transdisciplina, es decir, el vínculo de las áreas culturales, científicas, económicas y políticas, por mencionar tan sólo algunas. En esta ocasión, dado que nos ocuparemos en enfatizar el necesario e importante vínculo entre ramas de la misma disciplina, utilizaremos el concepto filosófico de intradisciplina: el acto de carácter científico que da paso a la interdisciplina y transdisciplina, y que tiene como origen la dinámica interna de disciplinas cercanas o con un objetivo de estudio común.

Una muestra de la combinación intradisciplinaria provechosa, en el campo de la antropología, han sido los estudios etnoarqueológicos, que tal y como su nombre lo indica, se constituyen de un componente proveniente de la arqueología y otro de la etnografía[iii], ambos campos de la antropología. De tal forma, en la actualidad la etnoarqueología ha adoptado una multitud de tendencias, objetivos y perspectivas que van desde: 1.-El estudio de la cultura material de comunidades humanas del presente; 2.- El estudio de las dinámicas sociales en poblaciones de la actualidad con la finalidad obtener parámetros analíticos aplicables a sociedades del pasado; y 3.- El estudio de artefactos ‘modernos’ ubicados en sitios arqueológicos (e.g. conocemos un estudio sobre un poste del siglo XVIII, utilizado hasta hoy, que se ubica a lado de una estructura arquitectónica del 900 dC y que por ello se autodenomina como etnoarqueológico).

Si bien es cierto que las tres perspectivas antes mencionadas conllevan el estudio de la cultura material en el presente y/o en el pasado, creemos necesario rememorar un poco sobre el surgimiento de la etnoarqueología para aclarar y definir sus presupuestos, y posteriormente mostrar algunos casos de su aplicación eficaz.

Según Oswalt (1974), la primera vez que se utilizó la palabra <etnoarqueología> fue en 1900 por Jesse W. Fewkes, para hacer referencia a sus intentos por identificar yacimientos Hopi asociados tradicionalmente a los pobladores Hopi de la actualidad (1900) y que se mencionaban de manera frecuente en los mitos.[iv] Al mismo tiempo Pitt Rivers, quien se caracterizó por revolucionar la arqueología al darle importancia al método con un enfoque meticuloso en sus excavaciones, el registro detallado y desarrollo de la idea de tipología y clasificación, fue el primero en interesarse por los objetos cotidianos de las comunidades en las que vivía mientras hacía trabajo arqueológico (figura 2). Posteriormente, el término estuvo en desuso por más de medio siglo hasta el desarrollo de la Nueva Arqueología americana de la década de los sesenta.


Pitt Rivers fue quien innovó en el método arqueológico. Fotografía de Augustus Pitt Rivers, c. 1900


R. Binford (1962) en su publicación ‘Arqueología como Antropología’ (título y texto muy ad hoc para los fines de este artículo y en donde se abre con la famosa cita de Willey y Phillips “la Arqueología es Antropología o no es nada”) marca la constitución de una corriente y el desarrollo de estudios sobre poblaciones actuales para derivar analogías útiles que puedan ayudarnos a inferir y comprender el modo de vida de sociedades extintas.[v] Aunque dicho enfoque fue fuertemente criticado por los postprocesualistas debido a que, a su juicio, una relación cultural entre lo estático y dinámico es imposible, últimamente teóricos como Ian Hodder sostienen que la etnoarqueología debe utilizarse para construir conexiones entre el registro arqueológico y la dinámica social de las poblaciones, hasta donde se pueda y no pretender dar explicaciones profundas, ni universales, sobre procesos de cambio cultural.[vi]

En sentido estricto, la etnoarqueología es considerada como una metodología para la obtención de datos de sociedades vivas, pero desde una perspectiva arqueológica y sobre todo, prestando especial atención a los derivados materiales de las conductas humanas. Es decir, alude al trabajo etnográfico realizado con objetivos arqueológicos para la obtención de información relacionada con la cultura material de sociedades antiguas. De acuerdo a lo anterior, los estudios en sociedades actuales que por obtener información relativa a la cultura material se les ha denominado como etnoarqueológicos caen en imprecisiones y ambigüedades. Desde nuestro punto de vista, el estudio de lo material es algo que los etnógrafos y etnólogos deberían de tomar en cuenta per se, dado que forma parte importante de la cultura; es decir, lo material tendría que representar un objeto de estudio elemental de la práctica etnográfica. Sí, etnográfica a secas. Es como si los arqueólogos pensaran que su objeto de estudio se ciñe únicamente a poblaciones del pasado y dejaran de lado la oportunidad de realizar todos esos importantes trabajos que han surgido en los últimos años sobre arqueología urbana de época contemporánea. Dicho en otras palabras, no se trata de descuidar o eliminar objetos y objetivos de estudio por pensar que no son propios de la rama, de lo que se trata es de vincular enfoques, métodos y técnicas usualmente utilizados por otras para formular interpretaciones antropológicas (en toda la extensión de la palabra) viables y coherentes.

Habiendo dejado en claro a qué nos referimos con etnoarqueología, daremos paso a una serie de aplicaciones que muestran el poder de la práctica intradisciplinaria a través de su uso. Los datos provenientes de investigaciones etnoarqueológicas son de gran utilidad para la interpretación arqueológica y pueden servir para la formulación y el testeo de hipótesis, así como para proveer fuentes de analogía y el establecimiento de índices analíticos –y más allá-. Por ejemplo, las investigaciones sobre la dinámica poblacional, distribución espacial y densidad de viviendas de época prehispánica conllevan grandes obstáculos debido a la ausencia de información escrita y los escasos datos arqueológicos que las respaldan. Por ello han incorporado estudios etnoarqueológicos, teniendo resultados favorables como los que a continuación se mencionan.

El área maya, en Mesoamérica, ha sido una de las mayores beneficiarias con relación al tópico antes descrito. Se debe a que varios sitios arqueológicos o comunidades cercanas a éstos tienen una historia ocupacional continua (o casi) desde época prehispánica que aporta solidez a la información sobre coeficientes poblacionales y el uso del espacio en la actualidad que pueden ser utilizada de forma comparativa para derivar inferencias sobre los antiguos pobladores del lugar. La base es un método de proporción propuesto por Rauol Naroll (1962), quien a partir de un estudio etnográfico de 18 comunidades propone una fórmula estadística para estimar el número poblacional de una sociedad extinta.[vii] La ecuación se fundamenta en el área total de pisos de las viviendas localizadas en excavaciones arqueológicas llegando al resultado de una persona por cada 10 m2. Aplicando el mismo método, el coeficiente más utilizado en la arqueología maya hoy en día para la realización de estimaciones poblacionales, es el proveniente del trabajo etnográfico de Robert Redfield y Alfonso Villa Rojas en la comunidad Chan Kom, Yucatán, (localidad muy cercana a la zona arqueológica de Chichen Itza) donde se registró a través de censos y entrevistas un promedio de 5.6 habitantes por vivienda.[viii] En este sentido y para ejemplificar, un sitio arqueológico de la región con diez viviendas pudo albergar un aproximado de 56 habitantes. Aunque con las reservas propias de una investigación arqueológica, en donde no se puede determinar con precisión absolutamente nada, los resultados anteriormente descritos serían mucho menos factibles y menos confiables si no se contara con parámetros analíticos, reales, medibles y comparables.

Otro caso en el que los estudios etnoarqueológicos han sido provechosos es el enfocado en el que es el material arqueológico por excelencia, la cerámica. Desde investigaciones sobre la procedencia de la arcilla, pasando por la manufactura, fabricación y utilización de vasijas, hasta perspectivas de la organización económica de una sociedad como la producción y el consumo han sido tema de trabajos que exponen el uso de información etnográfica. Un ejemplo simple, mencionado desde Ignacio Bernal (1952), es el de la cerámica fabricada en Coyotepec, Oaxaca.[ix] Una comunidad a pocos kilómetros de la zona arqueológica de Monte Albán, donde las mujeres producen una cerámica negra con dibujos y formas característicos basados en métodos prehispánicos. Esta cerámica es sumamente parecida a la que se ha localizado en las excavaciones en el sitio arqueológico antes mencionado. Estudiando los métodos de fabricación, tipología, uso, función, producción y distribución de esta cerámica en la actualidad podemos obtener parámetros analíticos que pueden ser aplicados en el estudio de la población prehispánica de Monte Albán, aspecto que la sola exploración arqueología difícilmente nos proporcionaría.


Doña Rosa trabajando en un pieza en Coyotepec (Oaxaca, México)


Se podrían mencionar muchos más ejemplos de los usos y beneficios de las investigaciones etnoarqueológicas, no obstante, el objetivo de su mención consideramos ya ha quedado claro. A pesar de que la etnoarqueología ha sido susceptible a críticas, en algunos casos por reducir su objetivo a la realización de simples analogías, también es cierto que en muchos otros se ha intentado desarrollar una metodología operativa que permita llevar más allá la actual capacidad interpretativa de la arqueología y la etnografía a un conocimiento integral practicando as objetosas usualmente utilizadosetos de estudios mnes etnoarqueolrametros actura hasta perspectivas mpo muy pequeño. í la necesaria intradisciplinariedad antropológica.

No podemos concebir la interpretación y explicación de las dinámicas sociales y culturales desde la perspectiva independiente de cada una de las ramas de la antropología. La intradisciplina constituye un poderoso camino para su óptimo desarrollo y práctica. Parece increíble que, a pesar de que la antropología sea una de las pocas disciplinas científicas que posee la facultad de que cada una de sus ramas trabaje con objetos de estudio distintos por un objetivo en común, no exista el interés (e incluso, haya en algunos casos la negativa) por el acercamiento e integración de conceptos, métodos y técnicas. Más sorprendente aún, que no se aproveche cuando ese objetivo en común sea algo tan complejo como explicar un sinfín de cuestiones sobre la cultura, incluyendo para empezar su liosa definición.


*Este artículo fue publicado en abril de 2017 en Mito|Revista Cultural 42.


[i] Bernal, Ignacio. Historia de la arqueología en México. Editorial Porrúa, México, D.F, 1979. [ii] Lyell, Charles. Principles of Geology. London John Murray, Inglaterra, 1837. [iii] La etnografía trata de un método de investigación que consiste en observar, registrar y algunas veces participar en los modos de vida de una unidad social concreta enfatizando las cuestiones descriptivas e interpretativas. [iv] Oswalt, W. H. Ethnoarchaeology. En C. W. Clewlow, Jr. (ed). Ethnoarchaeology. Monograph IV. Archaeological Survey. Institute de Archaeology. University of California. Los Angeles: 3-26. 1974. [v] Binford, R. L. Archaeology as Anthropology. American Antiquity No. 31: 203-210.

Willey G. R. Y P. Phillips. Method and theory in American Archaeology. University of Chicago press, Chicago, 1958. [vi] Hodder, I. Interpretación en Arqueología. Corrientes actuales. Ed. Crítica Bacerlona, 1988. [vii] Naroll Rauol. Floor Area and Settlement Population. American Antiquity. Vol. 27. No. 4. Society for American Archaeology. 1962 [viii] Redfield, Robert and Villa Rojas, Alfonso. Chan Kom: A Maya Village. Carnegie Institution of Washington, Publication 448. Washington, D.C. 1934. [ix] Bernal, Ignacio. Introducción a la arqueología. Fondo de cultura económica. 1952.




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