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FUIMOS PECES | REVISTA DIGITAL, Año 2, No. 11, Agosto-noviembre 2019, es una publicación trimestral editada por Fuimos Peces, calle Melitón Guzmán 103, Col. Virginia Cordero, Xalapa, Veracruz, México. Tel. (228) 8136604, www.fuimospeces.mx, revista@fuimospeces.mx Editor responsable: Virginia Arieta Baizabal. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2017-060214264100-203, otorgada por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este Número: J. Enrique Sevilla Macip, fecha de última modificación 9 de agosto de de 2019.

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La utopía: soñar para seguir caminando, ¿también en la política?

28 Feb 2018

En cierto modo, las religiones son una utopía, o más bien, la utopía es un elemento indispensable en cualquier religión, cuando creemos en un ser superior creemos en un mundo mejor. Creer que nuestro destino está en manos de alguien o algo superior quita un gran peso sobre nuestros hombros, es como si permanentemente estuviéramos bajo la tutela de nuestros padres y de tal forma, el mundo se convirtiera en un lugar menos peligroso.

 

¿Y qué sucede con los ateos? ¿Tienen sueños y utopías? La vida de un ateo en ese sentido puede ser desoladora, las esperanzas siempre se encontrarán basadas en la probabilidad, en un cálculo realista de que ciertos eventos ocurran; no existen los espíritus ni fantasmas, evitar sufrir un accidente no es más que un golpe de suerte, y ser seleccionado para un beneficio es debido a una toma de decisiones lógica por parte de alguien más. No hay una mano invisible que lo rescate a uno en tiempos de desesperanza, como suelen ser las guerras.

 

Mientras que para un creyente las esperanzas recaerán en un designio superior, trátese de casos de vida o muerte o trátese de cuestiones irrelevantes como una apuesta, para el ateo no existen las esperanzas, solo los hechos y las probabilidades. En definitiva, se necesita mucho valor para ser ateo.

 

Quizá la fe es una cuestión de circunstancias, mientras nos va bien podemos ser más propensos a querer ser dueños de nuestro destino, merecemos lo que obtenemos y por tanto nuestro esfuerzo se ve recompensado, no hay nadie más que nosotros mismos responsables por nuestro éxito. Por otro lado, en condiciones desfavorables somos más propensos a buscar esperanzas en cualquier parte, es decir, a buscar al ser superior que nos resuelva el problema, que nos mande el milagro, el suceso estadísticamente improbable. De tal forma, todos somos ateos y religiosos dependiendo de que vientos nos soplan.

 

Siendo la fe una cuestión personal, vale la pena preguntarse ¿puede tener la democracia mayor o menor legitimidad o arraigo dependiendo de la oscilación de fe en una sociedad? La pregunta conlleva muchos elementos que necesitan una previa definición de conceptos como “legitimidad”, “fe”, y “democracia”.

 

Saber si habrá un cambio en la relación ciudadanía-democracia respecto de su fe es una pregunta legítima, puesto que si se retoma el sentido de la religión, poner nuestro destino en manos de un ser superior es contrario a la toma de la responsabilidad del destino de la organización en la ciudadanía. Es, por tanto, ¿compatible de inicio la religiosidad con la democracia?

 

Existen estudios respecto a la relación entre religión y democracia, pero respecto de la relación fe- compromiso político, difícilmente se podrá encontrar una respuesta concisa. No se responde directamente, sino a partir de la respuesta a otra pregunta, ¿en qué circunstancias cree la población en que se encuentra? La pregunta no es en qué circunstancias se encuentra (seguridad, estabilidad, calidad de vida, etc.), sino en qué circunstancias cree que se encuentra, esto es, depende de la percepción y de ahí surgirá el mayor o menor arraigo al sistema político.

 

 

Puede parecer que la respuesta a la primera pregunta sea negativa, la religiosidad y la democracia no son compatibles en principio; quizá es por ello que en la antigüedad las monarquías tenían toda la legitimidad, los reyes se presentaban como los representantes de Dios en la tierra, y sus decisiones eran infalibles, la sociedad solamente acataba a Dios.

 

Las sociedades evolucionan, y con ellas las creencias, avanza la ciencia, el conocimiento, la experiencia, y ¿avanza con ello el deseo de tomar las decisiones en nuestras manos? Tal vez si, como sociedad, guiados por los liderazgos de algunos, no obstante, llega ese momento cada tres, cuatro o 6 años, el ciudadano se enfrenta a la urna y no hay nada más, ni líder, ni guía. Ahí, en ese momento ¿qué piensa al individuo? ¿Qué me conviene, que conviene a mi organización? Ó ¿qué es lo Dios desea?

 

Quizá efectivamente, religiosidad y la democracia no sean compatibles, y sin embargo hoy tenemos la una y la otra, y lo único que cabe entre ambas es el dicho “a Dios rezando y con el mazo dando”…

 

 

 

 

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