• José Ignacio Escobar

Tres mujeres

Ana

Ana tenía los ojos color verde claro. Y la piel muy blanca. En clase de literatura le miraba el culo apenas se levantaba para ir al baño. Siempre llevaba unos vestidos coloridos, repletos de rosas diminutas. Nunca supe qué era realmente lo que me atraía: tanto color sobre esa turgencia prometedora o solo lo que esos vestiditos escondían.


Dorotea

Tenía el cabello muy corto y unas tetas grandes. Fumábamos cigarrillos y porros en la casa de campo, al filo de una montaña a dos mil metros de altura. Escuchábamos los Doors, porque era lo que todos los vecinos escuchaban, todas las parejas felices, y no íbamos a ser nosotros menos que los demás.


Amanda

Tenía nombre de cantante famosa, aunque aborrecíamos a la argentina y su melosería… música de plancha que llaman. Aspiraba coca en el baño cada que podía, porque yo nunca pude con ella. Cabello largo, negro, oscuro, falda naranja fluorescente, un indicio de barriga que me encantaba y piernas blancas, como Dorotea y Ana. Tengo fijación por las piernas blancas, qué le voy a hacer. En un parque de la ciudad, en la noche o en la madrugada, sentados hablando y bebiendo de una caja de vino, eso era la vida con Amanda. Solía correrse antes que yo, me hacía a un lado y ya, se dormía. Yo luego me masturbaba en el baño, perplejo, mirando los azulejos. Dejaba la puerta entreabierta para que me viera su compañera de piso, Esther. Pero de Esther no voy a hablar, aunque le gustaba verme siempre, mucho, ya cuando dormía Amanda, satisfecha.


Ana

Ana quería ser escritora pero no pudo. Me tenía envidia. Me robó varias revistas en las que habían aparecido un par de cuentos míos. Hasta ahora, diez años después, no los ha devuelto. Me gustaba verla fumar en el campo, de fondo las montañas sembradas de trigo y un atardecer entre azul y gris, algo que presagiaba lluvia. Me gustaba verla mirar el cielo y su cabello liso, largo, castaño, ondeando al viento. Sus piernas eran gruesas, ¡qué tanto me gustaba agarrarlas y sentir sus vellos rubios al contacto con mis manos! Y sentir sus perfumes cuando acercaba mi mejilla a la suya, no para besarla, solo para susurrarle algo al oído. Sus teticas pequeñas me excitaban siempre. Saborearlas en mi boca, lamer su timbre, regodearme con mi lengua allí por minutos, piel con lengua, lengua con piel, saliva, escupitajo.


Dorotea

Atisbar, atisbar siempre su entrepierna. Subir sigiloso mi mano por la entrepierna, en público, en un café, en un bar. Seducir a Dorotea era un encanto, siempre se prestaba a ello. Me incitaba. Cada que la observaba se reía, coqueta ella. Después de una botella de ron todo fluía, aún la tentación. Me dejaba llevar, poco a poco; reculaba cuando era necesario. Me asomaba a esa pierna blanca que se dejaba ver cada que su falda subía. Cruzaba las piernas y mis ojos alelados allí, sobre esa piel, indómitos, sumisos, anhelantes. Me tenía presa de su delirio.



Amanda

Yacíamos frente al mar, dormíamos en una carpa, en una finca cualquiera de la costa. Me dijo que la follara duro, que estaba en el momento justo para no preocuparnos de usar condón. Esa noche no paré mientras escuchaba de fondo el mar romper en las rocas, iba al compás de la marea, yo sobre Amanda, Amanda sobre mí, coito tardío, coito largo, coito que no quiere derramar la vida para hacerla más placentera, hasta la salida del sol. Cuando me regaba amanecía y ella ya había hecho lo suyo tres veces. Me abrazaba, tímida, luego con ardor, y me besaba como si fuera el único, el más pudiente, el mejor. Caminábamos bordeando el mar, bebiendo ron, bailando un fin de año vallenato, porros y música del trópico.


Ana

Ana se me agotó, se me angostó. Ana pasó y se fue con su vida. Yo quise comerme el mundo, viajar, y lo hice. Ella amaba su ciudad y fue consecuente. El último paseo con Ana fue al mar y no hubo sino desencuentros. Fue un impulso, de ambos, creyendo resucitar la nada que habitaba ya entre nosotros. Luego entendimos lo real, que ya todo estaba ido: el amor, el vino, la música, la literatura. Ya no importaban ni Cortázar ni Arlt. Ya no importaba incluso ver los libros de Anthony Brown. La última follada fue extraña, pero fue. Luego tomamos un bus y nos despedimos en algún lugar con un beso en la mejilla. No la volví a ver.


Dorotea

Dorotea estudiaba artes. Le vendí una guitarra eléctrica a uno de sus amigos en la época en que teníamos la casa en el campo. Siempre amé a su hermana Carlota, pero nunca se lo dije. A Carlota, claro, ni más faltaba. Algún día Dorotea estaba de viaje y visité a su hermana y nos tomamos en su cuarto una botella de aguardiente. Sus padres estaban en el primer piso viendo la tele y ella y yo en el tercero. Hablamos mal de Dorotea, Carlota me confesó que le tenía envidia porque todo le salía bien. Yo la calmé en mi regazo y le acaricié sus cabellos. Era perfecta: morena, delgada, cariñosa, desenfadada. Luego Dorotea se enteró de todo lo de Carlota y yo, esa noche, que fue larga, entre sis y nos, entre podemos o no, entre lo deseado y lo prohibido, entre lo que debía ser y nunca fue. Me olvidé de Dorotea y ella de mí. De Carlota nunca: deseo lo prohibido.


Amanda

Bailamos salsa en cuanto antro encontramos. Dormimos en hoteles de mala muerte y follamos a medias siempre. Me vio no prosperar en uno de los tantos concursos de cuento y lo celebramos con dos botellas de vino. Luego visitamos muchos bares de reggae y rock y ella fumó compulsivamente mientras yo observaba cansado. Bebíamos y meábamos en la calle. Nunca me habló de su madre muerta. Y su padre era un espectro católico que solo rezaba en algún pueblo del Valle del Cauca. Se alejó tal como llegó: sorpresivamente. El inicio había sido intempestivo luego de un concierto con gaitas y tambores y luego un intento de follar en casa de un amigo. El final fue igual, raudo, pero sin música de fondo y sin sexo. Diez años después me escribió para presentarme a su familia. “Deseo mucho verte”. Ese día me dormí del cansancio recordando a Ana y Dorotea. Espero que su deseo se haya extinguido. Así como el de Ana y Dorotea.


Colofón

Aunque si una llama asoma, un ardor, una pesadilla mojada donde no las deje tranquilas mi presencia enhiesta, ya saben dónde encontrarme: bajo interior izquierdo, Calle Argumosa 35. Siempre disponible estaré. Nada está escrito. Aunque esto sí.



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