• Rodrigo Medina Montero

Arde el lugar de la memoria: el Laberinto de Eduardo Antonio Parra



La reciente novela del escritor guanajuantense Eduardo Antonio Parra, Laberinto (Random House, 2019), nos habla de la realidad de muchos lugares en el territorio mexicano, que, siendo paso del tráfico de droga, se vuelven campos de guerra. La ficción toma como referencia un reportaje publicado por Diego Enrique Osorno sobre los nueve meses en los que dos grupos de narcotraficantes se enfrentaron para quedarse con el territorio de Cd. Mier, en el estado de Tamaulipas, frontera con Estados Unidos. En la novela, la destrucción de la ciudad llamada El Edén se condensa en dos noches. Quizá, si lo entendemos de esta manera, como una hipérbole, podamos darle sentido y cabida a las descripciones de hiperviolencia en muchas de las escenas narradas.


La historia comienza con el encuentro fortuito de Darío y su profesor, tras ocho años de no verse. Los pormenores de esas noches se van desentrañando por medio del diálogo, entre el humo y el rumor de la cristalería de vasos llenos de ron y cerveza. Habla, sobre todo, Darío, y su profesor escucha, también él recuerda, concilia, cuando puede. Entre la remembranza inocente y feliz, anterior al período de la guerra, tanto Darío como su profesor evocan las torpezas del primer beso, el universo infantil de quien vive en la dicha ignorándolo. Parra sabe cómo construir la historia entre los recuerdos felices y los del terror. Las imágenes como la banca del parque, la cancha de fútbol, aparecen unas en la luz del día, límpida y clara, y pasan a ser otras, en la noche confusa, repleta de humo negro en el incendio. Todo aquello que se nos presenta nítido, se borra después; los cristales estallan a golpe de fuego y pólvora, volviendo el lugar de gozo laberinto. La banca del beso destrozada.


La noche de copas entre Darío y su profesor, la cual sucede lejos de El Edén, lugar al que no volverán nunca, parecer ser un encuentro entre hombres a los que no sólo la vida les pesa, sino el recuerdo. Este también es un tema importante en la novela, los desplazados por la violencia, las poblaciones enteras que les tocó ver cómo el lugar de los recuerdos felices se volvió irreconocible. Parra pone mucho énfasis en narrarnos la manera en que, con dramatismo, todo vuelva en pedazos y el aire huele a carne. Si uno piensa en un campo de guerra se imagina un lugar inderterminado, vacío, no el sitio de la infancia, que se vuelve trampa, trinchera. Y lo peor es que el lugar arrastra a la memoria, que se incendia, el interior de cada uno vuelto laberinto, el recuerdo irresuelto, el pensamiento hecho nudo.


Laberinto, como Moronga (Random House, 2018), del escritor Horacio Castellanos Moya, tratan el tema del recuerdo traumático. Lo que Parra y Moya proponen, cada uno a su modo, es que el recuerdo doloroso es imposible de sobrellevar cuando el ahora, todo el tiempo, nos presenta signos de desgaste. En Laberinto, lo que sucede es que el dolor se comparte entre el diálogo de Darío y su profesor, esto quizá nos revele que la vida hecha nudo y el camino borrado, puedan, por breves espacios de vida, recorrerse en compañía. Pero la realidad persiste en demostrar que cada quién avanza en su laberinto a solas.


En la Edad Media estos intrincados espacio servía para que al perderse, uno pudiera también encontrarse, las caminatas en su interior eran propicias para la reflexión. Incluso, dibujos de laberintos solían colgarse en las paredes para ser recorridos con la vista y descansar la mente. Si recordamos la mitología griega, el sentido del laberinto cambia. Para los griegos, éste era símbolo de la bestialidad, debido a que en su interior rondaba el Mintauro, monstruo que aterraba Atenas, y que Teseo venció por medio de la inteligencia y la virtud.


Eduardo Antonio Parra nos habla de un laberinto, pero es uno donde la virtud está opacada por el terror, y el descanso, el descanso de la mente no figura para el que mantuvo los ojos abiertos y contempló el fuego. Si bien la novela se inserta dentro del territorio de la literatura que aborda la memoria traumática, también tiene cabida dentro de otro lugar, el lugar del diálogo, la plática, la remembranza, aunque amarga, del suceso, del combate paradójico contra la memoria, que para hacerla menos dolorosa, quizá haya que desanudarla con la palabra.



Parra, Eduardo Antonio (2019). Laberinto. México: Random House, 264 pp.



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