© Agosto - noviembre 2019

FUIMOS PECES | REVISTA DIGITAL, Año 2, No. 11, Agosto-noviembre 2019, es una publicación trimestral editada por Fuimos Peces, calle Melitón Guzmán 103, Col. Virginia Cordero, Xalapa, Veracruz, México. Tel. (228) 8136604, www.fuimospeces.mx, revista@fuimospeces.mx Editor responsable: Virginia Arieta Baizabal. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2017-060214264100-203, otorgada por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este Número: J. Enrique Sevilla Macip, fecha de última modificación 9 de agosto de de 2019.

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*Traducción inédita al español.

 

 

Un rincón de un parque por la noche. La noche es dulce, silenciosa y llena de perfumes errantes; en el cielo, muaré de luna, el follaje sobresale como encaje negro sobre pálida seda. Entre el caudal de sombras, entre débiles y extrañas siluetas cubiertas de niebla argentina, a lo lejos, y casi fuera de la vista, brilla una capa luminosa: la inmóvil y soñadora superficie de un lago durmiente, de un estanque o de un río. El misterio está por doquier; el amor circula a lo largo de las avenidas invisibles y su soplo apenas si agita las ramas. En una alameda, en una banca, el amante se encuentra sentado al lado de la amante.

 

EL AMANTE.―¡Ah, cuán deliciosa es esta noche!

 

LA AMANTE (distraída).—¡Deliciosa!

 

EL AMANTE.—Cada noche venimos aquí. La mismas cosas están a nuestro alrededor, las mismas claridades, el mismo sueño nocturno, y sin embargo, cada vez me parece que siento nuevas alegrías y más fuertes, más misteriosas, y más desconocidas… y tan dulces, ¡tan dulces!... (Un mirlo se despierta en el árbol sobre ellos, trina y se echa a volar) ¡Y tan dulces!... (Silencio)… ¡Tan dulces¡… (Nuevamente silencio)… ¿No es así?

 

LA AMANTE.—¿Qué?

 

EL AMANTE.—¡Que son tan dulces!

 

LA AMANTE (muy vaga).—¡Ah! Sí, ¡Muy dulces! (Silencio).

 

LA AMANTE.—¡Amada mía!… (Silencio)… ¡Amada mía! (Nuevamente silencio. Se acerca un poco a ella)… ¡Amada mía!… ¿Por qué no dice nada?… ¿En qué piensa?

 

LA AMANTE.—No pienso en nada…

 

EL AMANTE.—¿No piensa en nada?… ¡¿ En un momento tal?!… ¿Está molesta?

 

LA AMANTE.—No estoy molesta, ¿por qué quiere que esté molesta? … ¿Tengo razones para estar molesta?

 

EL AMANTE.—Entonces ¿por qué no dice nada?… Le hablo… y no dice nada.

 

LA AMANTE.—No estoy molesta.

 

EL AMANTE.—¿Está triste?

 

LA AMANTE.—¿Por qué estaría triste? (Suspira) No estoy triste…

 

EL AMANTE.—Usted tiene algo… Me esconde algo…

 

LA AMANTE.—No, de verdad, no tengo nada… no tengo nada. (Llora) No tengo nada…

 

EL AMANTE.—¿Está llorando? (Se acerca aún más a ella e intenta cogerle la mano) ¿Está llorando?

 

LA AMANTE.—Que no, no estoy llorando… no estoy llorando…

 

EL AMANTE.—Sí, sí, está llorando… La escucho llorar… ¿Por qué llora?

 

LA AMANTE.—No lloro… No es nada… No lo sé… Sólo me pasó de repente, sin razón… Se lo aseguro… Sin duda son los nervios… pero no estoy llorando. (Solloza)…

 

EL AMANTE.—¡Amada mía!… No quiero que llore… No quiero, ¿me escucha?… ¡Me vuelve loco cuando llora!… ¡Amada mía!… A ver, ¡respóndame!… ¡Por gracia, por piedad, respóndame!… ¡Oh¡ ¡Me cayó una lagrima en la mano, una preciada lágrima… una lágrima de sus queridos ojos!… Amada mía… ¿Le hice daño?

 

LA AMANTE.—No…

 

EL AMANTE.—¿Le ha hecho daño alguien?

 

LA AMANTE.—No… no… se lo ruego… déjeme… ¿Para qué le digo?… No lo entendería… No es su culpa… Hay que ser mujer para sentirlo… para sentir… eso que sufro.

 

EL AMANTE.—¡Ah! ¡Sufre!… ¡Bien ve que sufre!… ¡Bien sabía yo que sufría!… Por favor… ¡Se lo suplico!… Hábleme… confíe en mí… dígame… ¡¿Acaso no soy su amado?!… su… ¡Se lo ruego!

 

LA AMANTE.—¿Para qué?… ¡Déjeme!… Eso no cambiaría nada de lo que le diga… Me he equivocado en mostrarle mi aflicción… No insista… Es mejor que esté sola, completamente sola para sufrir…

 

EL AMANTE.—¿Sola para sufrir?… ¡Eso está mal! ¡Amada mía!… (Muy serio) Sus dolores, sus queridos dolores; ¡yo quiero mi parte, toda mi parte!

 

LA AMANTE.—No… Se lo aseguro, así es mejor.

 

EL AMANTE (entusiasta).—Quiero toda mi parte… Las quiero todas para mí… todas, ¡¿escucha?! Yo quiero que sea feliz.

 

LA AMANTE.— ¡Ah! ¡¿Cómo podría ser feliz?!… ya que… ¡ya que usted ya no me ama!

 

EL AMANTE (atónito, retrocede).—¿Ya no la amo?… ¿yo? ¿Por qué me dice eso?

 

LA AMANTE.—Se lo digo porque usted ya no me ama.

 

EL AMANTE.—¡¿Ya no la amo?!… Pero ¿de dónde puede venir una idea semejante y criminal?

 

LA AMANTE.—Se me ocurre por todo… Usted ya no es el mismo conmigo… Siento que le aburro… ¡Se ha puesto a fumar de nuevo!

 

EL AMANTE.—¡Pero siempre he fumado!… Acuérdese… Sea justa… ¿Acaso no he fumado siempre?

 

LA AMANTE.—No, no como ahora… y además es menos pulcro que antes…

 

EL AMANTE (estupefacto).—¿Soy menos pulcro?

 

LA AMANTE.—Sí, es menos pulcro…usted se deja llevar… se descuida… Hay detalles que no se le escapan a una mujer delicada y que ama… usted es menos pulcro.

 

EL AMANTE.—¡Oh! No me esperaba este reproche… (Amargo) Entonces, ¿le parezco sucio?

 

LA AMANTE.—¡Ahí van sus exageraciones!

 

EL AMANTE.—En fin, pues ¿qué ha cambiado en mí?… Me gustaría que precisara…

 

LA AMANTE.—No tengo nada que precisar… Son cosas, matices que se adivinan en lugar de explicarse… Además ni se opone…

 

EL AMANTE.—¡¿Cómo?! ¿Que no me opongo?… Pero claro que me opongo, se lo aseguro… Me opongo enérgicamente.

 

LA AMANTE.—No… Y he ahí cuando siento que ya no me ama…: usted no se opone como antes… Ahora todo le es igual, antes hubiera dado un brinco, hubiera… Y ahora todo le es igual… Pues ahí va, esta tarde… sufrí, ¡aquello me dolió!… ¡Creí que iba a morir!

 

EL AMANTE.—¿Morir?… ¿Esta tarde?… ¡Si la vi tan alegre, tan encantadora, tan feliz!… ¿Y usted piensa en morir?… Y ¿por qué, Dios mío?…

 

LA AMANTE.—¿Por qué?… ¿Pregunta usted por qué?… Bien lo sabe.

 

EL AMANTE.—Se lo juro…

 

LA AMANTE.—No jure… No está bien jurar.

 

EL AMANTE.—Pero se lo juro que no lo sé… que no sé nada… ¿Qué ocurrió esta tarde?

 

LA AMANTE.—Hagamos cómo que no ha pasado nada…¿Qué estaba diciéndole?… ¿Para qué hablar de todo eso?… Usted no entiende nada… usted no siente nada… Debí haberme callado, debí esconderle las dolencias de mi alma… A usted ¿qué le importa mi alma?

 

EL AMANTE.—En verdad, mi querida, no entiendo nada de estos reproches… Usted está rara esta noche.

 

LA AMANTE.—¿Qué le importa hurgar a cada minuto en mi sentimientos, en mis delicadezas?… ¡Usted me ama!… ¡Hey! ¡Dios mío! ¡Un hermoso gesto de coraje!… ¡Al escucharle verdaderamente parece que se necesita heroísmo para amar a una mujer joven, bella, rica y refinada!… Y usted cree estar en paz con ella, quien ha sacrificado todo por usted… ¿Me ama?… Pues bien… pero ¿se ha preocupado alguna vez por hacerme feliz?… Aunque sea un minuto, ¿acaso me ha dado toda su vida entera a mí que le he dado más que mi vida, mi reputación y mi honor?  ¿Ha procurado evitarme –como un hombre que sabe lo que es el pudor de una mujer y el respeto de un hogar– los roces inseparables de nuestra situación? Alimenté su orgullo y usted me ha ridiculizado…

 

EL AMANTE.—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!

 

LA AMANTE.—¿Acaso no me ha ridiculizado?

 

EL AMANTE.—Sea justa… Recuerde… Cuántas veces, al contrario, no me he visto obligado a calmar sus audacias, a detener sus arrebatos, a mostrarle los peligros de sus generosas imprudencias…

 

LA AMANTE (irónica).—¡¿Lo cree?!… ¡¿De verdad?!… Entonces se imagina que yo tenía la necesidad de decirle a todo el mundo: “¡Ese es mi amante!” ¿Qué natural, no?… (Irritada) ¡Así es como me estima!… ¿Por quién me toma?… ¿Soy acaso una joven perdida?… ¡Qué mal!… ¡Pero qué mal!… (gimoteando) ¡Qué vergüenza!

 

EL AMANTE (desesperado).—¡Ah! Llora de nuevo… ¡llora de nuevo!… ¡Amada mía!… Pero ¿qué tiene esta noche?… ¡¿Qué tiene?! Dios mío, no sé qué decirle, qué responderle… malinterpreta todas mis palabras…

 

LA AMANTE.—¿Me he merecido ser tratada así por usted… por usted?… ¡Es demasiado cruel! ¡Y me hallo tan castigada!

 

EL AMANTE.—Escúcheme… que me escuche… (la toma en sus brazos y la acuna) Amada mía… Vamos, no llore… Me tortura.

 

LA AMANTE (con una voz ocultada por el llanto).—Sería mejor para mí morir…

 

EL AMANTE.—No hables así… no hables así…¡Te lo prohíbo!

 

LA AMANTE.—Sí… sí… sería mejor para mí morir…

 

EL AMANTE (la cubre de besos).—Te lo ruego… no digas eso…deshazte de esas malas ideas… ¿Por qué hacerte daño con esos fantasmas?

 

LA AMANTE.—No son fantasmas…usted ya no me ama… No soy nadie para ti…. Un amor propio, un placer, sí… pero no soy nadie para ti… Bien lo siento.

 

EL AMANTE (con la voz amortiguada por un beso).—Lo eres todo para mí… eres toda mi vida, toda mi dicha… ¡lo eres todo¡

 

LA AMANTE.—¡No!… ¡No!… Esas cosas se sienten… No piensas lo suficiente en que soy una mujer… ¿entiendes?… una mujer es a veces una niña… que necesita que se le acune, que se le consuele, que se le cante a su alma cosas dulces y alegres… Y tú siempre me dices cosas profundas… me hablas de filosofía, de literatura… Es muy bello… pero aquello no llena mi corazón… Ya no soy una mujer para ti…Soy como un amigo… ¿Comprendes?… ¿Acaso no tienes tiempo para estar con tus amigos… y contarse esas historias que les gustan a los hombres?… Lo que a mí me gustaría cuando estás conmigo, lo que me gustaría es escuchar tu alma y sentirme acariciada por palabras tiernas y encantadoras que me reconfortan y adormecen como se adormece a los bebés: con las melodías de antaño… ¡¿entiendes?¡

 

EL AMANTE (tierno y triste).—¡Amada mía!… ¡Sí! Tienes razón… (Besos)… Te amaré, ¡ya verás!… Te amaré como quieres ser amada… Yo…

 

LA AMANTE.—Muy seguido, cuando hablas de un poeta y se encienden tus ojos… –¡y tu entusiasmo!– me siento celosa… celosa de no serlo todo para ti… ¿comprendes?

 

EL AMANTE.—Amada mía… sí… sí… comprendo… (Silencio y besos).

 

LA AMANTE.—Y encima de eso estoy segura de que me crees falta de inteligencia, que me crees estúpida… Bien lo veo… Con tus amigos tú hablas y hablas… Conmigo nunca dices nada… Tú crees que no soy capaz de comprender las cosas grandes… Muy difícilmente me respondes cuando te pregunto sobre cosas grandes… Eso me humilla, ¿sabes?

 

EL AMANTE.—¡Amada mía!…

 

LA AMANTE.—¿Me crees una estúpida?

 

EL AMANTE.—Ya… (La abraza durante un largo rato)… Y ya no llores más… ¡Te lo suplico!

 

LA AMANTE.—¡Oh! Déjame llorar todavía… Me hace bien… Oye, entonces ¿no me crees estúpida?

 

EL AMANTE.—¡Querida… querida… querida mía!… Si tú eres mi sol, eres mi inteligencia… eres… ¡eres mi todo!…

 

LA AMANTE (sollozando).—Porque si me creías estúpida…

 

EL AMANTE.—Eres mi fuerza, toda mi fuerza… Sólo vivo en ti… Sólo existo en ti… ¿Qué sería yo sin ti?

 

LA AMANTE (aún sollozando).—¡Dilo de nuevo!  Me hace sentir bien.

 

EL AMANTE.—No hay un día ni hora ni segundo en que no me seas presente… Eres mi dios, mi querido dios, mi único dios.

 

LA AMANTE.—Y ¿es cierto eso?… ¡Júralo!

 

EL AMANTE.—¡Te lo juro!… (Aparte) Pero ¿por qué está llorando?

 

 

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