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FUIMOS PECES | REVISTA DIGITAL, Año 2, No. 11, Agosto-noviembre 2019, es una publicación trimestral editada por Fuimos Peces, calle Melitón Guzmán 103, Col. Virginia Cordero, Xalapa, Veracruz, México. Tel. (228) 8136604, www.fuimospeces.mx, revista@fuimospeces.mx Editor responsable: Virginia Arieta Baizabal. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2017-060214264100-203, otorgada por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este Número: J. Enrique Sevilla Macip, fecha de última modificación 9 de agosto de de 2019.

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Las malas palabras: erotismo y violencia en el cuento "Carta perdida en un cajón" de Silvina Ocampo

29 Sep 2017

 

"El erotismo, la visión mística, lo poético,

la simple felicidad, son retornos fugaces

de lo continuo que niegan la discontinuidad

de los seres y sus conciencias separadas".

Silvio Mattoni [1]

 

 

I

 

En el marco de una investigación que busca trazar los recorridos del advenimiento de la identidad femenina y su emplazamiento como yo narrativo; este trabajo intenta un esbozo de lo que significa la figura del “otro” en esa construcción. Abordando el cuento “Carta perdida en un cajón” de Silvina Ocampo, autora argentina tanto de obras narrativas como dramáticas y poéticas. Lo que nos planteamos es rastrear la manera en que la pasión amorosa, devenida en odio y violencia; luego de un momento de desengaño y frustración, puede leerse como reflejo de una ruptura de la propia identidad en el personaje de la narradora.

 

“Carta perdida en un cajón” aparece en La furia, libro de 1959, que está compuesto por treinta y cuatros cuentos, la mayoría de los cuales, fueron escritos y publicados previamente en diversas revistas literarias, sobre todo en Sur, entre 1937 y 1940.

 

En una dialéctica constante entre el campo ficcional y el confesional, típico de la correspondencia o los diarios íntimos, Ocampo opta, en este caso, por darle forma a la trama del relato, a través de una verosimilitud que se sostiene con las herramientas propias del discurso epistolar. De esta manera, el lector, es interpelado por un texto, que desde el principio y sin ningún tipo de marco que lo acompañe, se presenta como una carta que, aparentemente, nunca se envió. Se trata de un escrito, podríamos decir de tipo catártico, donde las emociones expresadas, son crudas, fuertes, descarnadas, pero que dan la impresión de esa autenticidad con la que se escribe, cuando no se piensa en una una posible lectura pública de lo que se está revelando. No hay un intento por suavizar las pasiones que se ponen en juego, más bien, se trata de una confesión que busca, por un lado, hacer un descargo de los propios sentimientos y generar en el destinatario (destinataria en este caso) remordimiento, culpa y responsabilidad sobre las emociones negativas, que están asaltando a ese yo que narra.

 

Esta carta permanecerá sin respuesta, porque no se envía, y ese es un sentido que la autora remarca desde el título. Es un deseo reprimido y una violencia contenida. Algo que ocurre, pero se esconde; se siente, pero no se dice del todo, se escribe, pero no se comunica. El yo, desgarrado se vuelve agresivo, pero se detiene, oculta su violencia en un cajón y termina siendo la misma enunciataria, la destinataria de su carta.

 

En este caso, a pesar de encontrarnos frente a una escritura tan íntima, nos topamos con cierto velamiento que, por momentos, vuelve difuso lo que se dice, se trata de un continuo sugerir, un juego que la narradora plantea a su posible lectora, pero que también la autora plantea a sus posibles lectores. La narradora dice, pero a la vez calla, omite datos y “da por supuestos” otros. Si bien, podemos percibir que el yo que narra, está intentando escribir sus más profundas sensaciones, hay algo que todo el tiempo queda oculto para el lector, por ejemplo, el tipo de relación que une a los personajes, y el verdadero sentimiento que tiene la narradora por su amiga (ahora devenida enemiga). ¿Es romántico o es una amistad excesivamente posesiva? Lo que queda claro es que la carta escrita es una de carta de amor/odio, la ira y el enojo, se encuentran latentes y se desploman con violencia en la escritura, pero surgen, siempre del deseo.

 

Lo que se oculta una y otra vez, detrás de las recriminaciones y los comentarios agresivos, es una profunda ansia de cercanía, que no termina de extinguirse, pero que tampoco puede concretarse. Este es un mecanismo tácito que el lector puede intuir en el discurso. Hay una idea que atraviesa todo el texto y nos remite a un punto: el deseo frustrado.

 

El texto de Ocampo, nos conduce a ejercitar una lectura detenida en la coyuntura de sentidos implícitos. Podemos conjeturar que el trabajo de interpretación se redefine de una manera específica, a la hora de querer señalar cómo aparece, en medio del argumento fantástico del relato, un yo narrativo, que con insistencia, se vuelve centro de la trama, a pesar de estar describiendo e interpelando a un otro. Así, se pone de manifiesto la aspiración a contar la siempre impredicable historia de un yo incierto que, a veces, parece diluirse en el sentido que aflora del entendimiento propio de quien lee. Un yo situado en la paradoja de la escritura, un yo confuso o confundido, construido desde ese “arte del dudar” que Macedonio Fernández reconoce, desde el principio, como propio en la literatura de Ocampo (Fernández, 1937: 2).

 

II

 

En el género epistolar, siempre hay una intención de “hacerse oír”, dice Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso, la carta de amor, siempre es una forma vacía (codificada), pero expresiva (cargada de la intencionalidad de significar el deseo) (Barthes, 1982: 38-40). Con la carta hay una búsqueda del otro, una necesidad de acercarse a través de las palabras; pero, como puntualiza el autor en el texto citado, a propósito de las reflexiones de Freud, sobre este tipo de escritos, la carta de amor, espera una respuesta, ya que, en palabras del psicoanalista: “Perpetuos monólogos a propósito de un ser amado, desembocan en ideas erróneas sobre las relaciones mutuas y nos vuelven extraños uno al otro…” (Barthes, 1982: 41).

 

Atendiendo a estas consideraciones, creemos posible leer el relato, teniendo en cuenta lo erótico de la relación entre los personajes. Entendiendo el concepto de erotismo, como lo sugiere Georges Bataille, en sus trabajos sobre el tema, considerándolo una dinámica psíquica doble, que siempre muestra su contracara: la angustia. Angustia que va tomando diferentes formas, como ser la ira, los celos, los deseos posesivos, la violencia, las fantasías antropofágicas, la aniquilación del otro, y la propia muerte.

 

En su libro La felicidad, el erotismo y la literatura, Bataille escribe sobre la relación que existe entre la búsqueda de unión con el otro como medio de hallar la felicidad (Bataille, 2004). Según su criterio, los seres humanos, ponemos una gran cantidad de energía en estos vínculos que nos unen y nos separan de otros, buscando, inagotablemente, sentirnos placenteramente completos;  y es esa misma idea, la que nos impulsa a trabajar para concretar la unión, pero, aclara, desde el momento en que comenzamos a acercarnos a ella, introducimos una distancia entre esa plenitud buscada y nosotros, ya que es el hecho de intentar hacer durar esos momentos de felicidad (y de unión) lo que nos confunde. Lo que sugiere es que no podemos más que aceptar el movimiento que nos presenta el juego erótico. La unión, sólo sucede por un instante, la felicidad de sentirse completado por otro, no puede ser una experiencia durativa, la fusión es un estado de éxtasis, que sólo puede pervivir un lapso finito de tiempo, ya que de otro modo, estaríamos frente a la muerte del yo como ser íntegro.

 

En el cuento de Ocampo, parece claro que la narradora desea la unión y a la vez hace un intento por erradicar esos pensamientos que la llevan a necesitar el acercamiento. Esta dualidad, este deseo que el yo rechaza o niega, le produce odio contra sí misma, un odio que a lo largo del texto va mutando y pasando por estados como los de la victimización, el orgullo, la soberbia desenfrenada, la culpa y el uso de lenguaje explícitamente violento. Las ideas van de un polo al otro y pasa de ver a Alba (la destinataria de la carta) como un ser ideal a planear su asesinato.

 

El discurrir de la narradora, se presenta, en algunas partes, como desenfrenado, caótico. Lo que se busca, no es el orden, o la claridad en el decir, pareciera que lo que se intenta es exteriorizar aquello que, en el momento de la escritura, está agitando al yo en su totalidad: la ira, la indignación producida por el sentimiento de abandono que se ha sufrido. El yo se siente vulnerable y escribe “A veces, al oír pronunciar tu nombre mi corazón deja de latir.” (Ocampo, 1976: 39); pero en otros momentos, quiere diferenciarse de esa otra: una otra acusada por ella misma de “cruel”, “manipuladora”, “promiscua”, “malignamente seductora”, “traicionera”, “repugnante”. La que fue su amiga, ahora, en el presente del relato, es su enemiga, su antagonista, una aberración de la cual dice querer separarse, excluirse, aislarse, aunque sin poder concretarlo, debido a su propia ambigüedad interna.

 

 

¿Cuánto tiempo hace que no pienso en otra cosa que en ti, imbécil, que te intercalas entre las líneas del libro que leo, dentro de la música que oigo, en el interior de los objetos que miro? No me parece posible que el revestimiento de mi esqueleto sea igual al tuyo. Sospecho que perteneces a otro planeta, que tu Dios es diferente del mío, que el ángel guardián de tu infancia no se parecía al mío. Como si se tratara de alguien que hubiera entrevisto en la calle, me parece que no nos hemos conocido en la infancia y que aquella época hubiera sido mero sueño. Pensar de la mañana a la noche y de la noche a la mañana en tus ojos, en tu pelo, en tu boca, en tu voz, en esa manera de caminar que tienes, me incapacita para cualquier trabajo (Ocampo, 1976: 38).

 

De algún modo,  quien escribe, deja entrever que se le va la vida en esos sentimientos que trata de comunicar. El deseo que la une es tan fuerte como el odio que descarga; ya que a las pocas líneas de expresar deseo, vuelve sobre sus pasos y retoma todas sus armas:

 

El hombre lleva su cruz desde el principio; hay cruces de madera tosca, de aluminio, de cobre, de plata o de oro, pero todas son cruces. Bien sabes cuál es la mía, pero tal vez no sepas cuál es la tuya, pues no todos los seres son lúcidos, ni capaces de leer el destino en los signos que diariamente ven a su alrededor. ¿Será cruel advertírtelo? Me tiene sin cuidado. No siento por ti la menor lástima. Me molesta que alguien aún crea que somos amigas de infancia (Ocampo, 1976: 40).

 

El sentimiento de posesión que moviliza a la narradora, es claro: “No aspiré a tu amistad sino para alejarte de otras”, dice (Ocampo, 1976: 40). La relación de Alba, con otra compañera del instituto es vivido como un exilio por el yo. Claramente, se siente separada, apartada. La frustración, y la herida, permanecen en el personaje durante años, de hecho la carta es escrita ya siendo ambas adultas y estando Alba en pareja. Ella, el yo, quien narra, está sola, continúa su vida sola, aunque vive pendiente de esta otra a quien cree estar iluminando, de algún modo, engrandeciendo con el solo hecho de pensarla:

 

 

Quiero que sepas que debes tu felicidad al ser que más te desdeña y aborrece en el mundo. Una vez que ese ser que te adorna con su envidia y te embellece con su odio desaparezca, tu dicha concluirá con mi vida y la terminación de esta carta. Entonces te internarás en un jardín semejante al del colegio que era nuestra prisión, un jardín engañoso, cuidado por dos estatuas, que tienen dos globos de luz en las manos, para alumbrar tu soledad inextinguible (Ocampo, 1976: 41).

 

Esta idea que aparece en el texto, refuerza la imagen del yo que se fusiona en el otro, aún para destruirse. La visión que por momentos parece rozar lo alucinatorio de que Alba, no puede existir sin ella, sin que ella la piense, sin que ella la tenga en su mente. Al mismo tiempo, su demuestra que su propia identidad, su autoimagen actual, está enraizada en ese odio, en ese pasado y esos recuerdos que la perturban.

 

La pubertad cercana a las Pléyades, de Max Ernst (1926). 

 

III

 

Entonces ¿Es como propone Bataille, el erotismo y todas sus aristas, lo que define al yo en relación a un otro? ¿Es esa angustia que sigue a lo que él llama “momentos de voluptuosidad” (Bataille, 2004: 104) lo que lleva al yo a sentirse escindido y por tanto dolido, frustrado, y colérico frente a la separación? ¿Es en realidad una búsqueda de acercamiento a algo más (a lo sagrado dirá Bataille) lo que el personaje ve interrumpido al sentirse traicionada y lo que sentimos todos frente a situaciones similares?

 

Hay erotismo cuando hay deseo, deseo de unión. Ese deseo de unión, para Bataille, nos remite a la idea de continuidad del ser. Como dijimos, para este autor, los seres humanos, nos movemos ininterrumpidamente en una danza que nos acerca y nos aleja a unos de otros. Hay una nostalgia, de fondo, por estar unido, por ser parte de algo, de todo, del otro y eso mismo es lo que vuelve al deseo algo angustioso, porque intuimos lo perecedero de la unión. Me uno y me reflejo en el otro buscando una continuidad casi idílica, pero me separo para conservar esa discontinuidad que sé que es inevitable y que además, es lo que me hace ser un “yo” y no un nosotros continuo; porque eso, también nos aterra, piensa Bataille, que nuestra individualidad se vea sacrificada, se aniquile en esa unión con el otro. Anhelamos la unión, pero tememos diluirnos en ella. Somos conscientes de lo fundamental que resulta conservar la identidad propia, pero el deseo, nos lleva una y otra vez, a buscar perdernos en un otro, perdernos en el todo.

 

Y en este punto, es cuando aparece la posibilidad de la violencia, porque es cuando este nudo doble de ser y no ser, de individualización y unión, se desata, que aparece la frustración, la angustia, el desconcierto. La idea de muerte, dice Bataille, de algún modo subyace a este mecanismo y nos sentimos heridos, sentimos la posibilidad de ser aniquilados. Es entonces, cuando, entramos en un juego de pasiones que nos hacen cambiar de roles, de máscaras, de identidad, y son esos cambios que percibimos como difusos, los que despiertan los sentimientos, las palabras y los actos agresivos . Podemos sentirnos víctimas o victimizar al otro, la violencia puede ser física, discursiva o psicológica, puede expresarse o no, puede volverse peligrosa o puede ser vivida como una íntima y profunda angustia.

 

El deseo, nos abre a sentir una fusión completa y perfecta con el otro; pero que inevitablemente, está seguida por una sensación de vacío, vacío que deja al descubierto, el hecho de haber sacrificado la propia individualidad.

 

Con respecto a esto, la idea que se presenta a través del discurso de la narradora del cuento, es claro: La separación, significa la muerte. Su vida se presenta como una herida constante que no deja de sangrar. Su deseo de unión es tan fuerte que al ser coartado, solo se desea la desintegración del otro, que como último destino, es la propia desintegración.

 

La soledad es percibida como un castigo. Finaliza la carta, advirtiendo sobre un posible destino para  quien fuera su amiga: la imagina condenada a una desesperada soledad en un jardín desierto, vagando sin rumbo.  De todas maneras, ni siquiera la venganza, parece ser una posibilidad, para mitigar ese dolor. El dolor es lo que “llena” al yo y le da identidad.  Aún sintiendo un aparente rechazo, existe la posibilidad de supervivencia, ya que la unión, permanece, si pensara en deshacerse de estos sentimientos que le resultan, insoportables, repugnantes, los canales de acceso al otro se agotan.  El deseo, muestra su otra cara, la de la angustia. Esa angustia que puede, a su vez, convertirse en intento de posesión, paranoia, flagelación y autoflagelación. Para Bataille, el erotismo se vuelve monstruoso, cuando se desvía la experiencia interior, situándola en el mundo de las cosas o de los otros, de este modo despojamos al deseo de su sentido profundo. El erotismo, debería ser una instancia en la cual, el yo se cuestiona a sí mismo, conscientemente. Al darse el efecto contrario, el ser se pierde en el objeto con el que se identifica, en ese otro que lo absorbe de una u otra forma.

 

De ahí en más, diferentes caminos posibles: todos ellos, de transformación. En “Carta perdida en un cajón”, la narradora llega al punto de odiar a esa otra, que a su vez es objeto de deseo, llega a desear la aniquilación de lo que ama. La violencia en el discurso, surge como modo de expresión de ese proceso. Proceso de destrucción del otro y del yo. Camino circular que va reflejando los modos en los que quien escribe, se observa a sí mismo en ese otro ser que (posiblemente) lo leerá.

 

 

[1] En Prólogo a: Bataille, Georges (2004). La felicidad, el erotismo y la literatura. Ensayos 1944-1961. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.

 

Referencias

 

Barthes, Roland (1993). Fragmentos de un discurso amoroso. Mexico D.F.: Siglo XXI Editores.

 

Bataille, Georges (2009). El erotismo. Buenos Aires: Tusquets editores.

 

Bataille, Georges (2004). La felicidad, el erotismo y la literatura. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.

 

Fernández, Macedonio (1937). La literatura del Dudar del Arte. Destiempo (3).

 

Ocampo, Silvina (1976). Carta perdida en un cajón. La furia. Buenos Aires: Editorial Orión.

 

 

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